viernes, 7 de agosto de 2009

Cambia un hombre...Cambian los hombres



Por Sergio Sinay



La especie humana está partida, los hombres gobiernan el mundo y la gran mayoría de ellos son responsables de haber­lo convertido en un lugar hostil, peligroso y tóxico. Cuantos más hombres, durante cada jornada, protagonicen más cambios en sus actitudes y acciones, mayor cantidad de transformaciones serán perceptibles en el universo que com­partimos.

En 1981 el biólogo inglés Rupert Sheldrake desa­rrolló su hipótesis del Mono Cien, una verdadera revolución del pensamiento cuántico. Se basaba en una experiencia efec­tuada a lo largo de treinta años en un archipiélago japonés. Allí los científicos que estudiaban colonias de monos arrojaban papas en la playa para que los monos se alimentaran, y seguían viaje sin desembarcar para no molestar a los anima­les y no entorpecer la observación de sus conductas. Los monos comían las papas con la cáscara cubierta de arena; no siempre les gustaban, muchas veces las dejaban. Así fue has­ta que un día, Imo (una mónita de dieciocho meses) lavó la papa en el agua. Limpia de arena, era más sabrosa. Le ense­ñó el truco a otros monitos, estos lo transmitieron a sus ma­dres, y éstas a otros monos adultos. Al poco tiempo todos los monos de esa isla lavaban las papas. No pasó mucho an­tes de que todos los monos de todo el archipiélago lo hicie­ran, a pesar de que no había contacto visual entre cada isla y las otras.

Sheldrake habló del Mono Cien al referirse al mo­mento clave de la transformación colectiva. Podríamos lla­marlo masa crítica. Cuando llegó a haber un número sufi­ciente de individuos repitiendo una conducta, ésta se hizo propiedad de la especie, se convirtió en algo natural. Según Sheldrake, cuando una conducta es sostenida du­rante suficiente tiempo y por una suficiente cantidad de in­dividuos, se constituye un campo mórfico, un espacio virtual y sincrónico en el cual se acumulan y conforman todas las experiencias previas de la especie que, de ahí en más, actua­rá naturalmente de esta manera, y ya no necesitará apren­derlo. La novedad será heredada de manera natural por las próximas generaciones. De esto hablaba, a su manera, Carl Jung cuando describió el inconsciente colectivo. El biólogo sostiene que la idea de los campos mórficos vale para todas las especies, y también para las moléculas de proteínas, para los átomos o para los cristales.

Cambiar el modelo de la masculinidad tóxica re­quiere, pues, la repetición de ciertas conductas de un mo­do sostenido y creciente, el compromiso con una actitud y la convocatoria, hombre a hombre, a que más varones lo ha­gan. Se trata de crear el campo mórfico de la masculinidad sa­nadora, nutricia, compasiva, amorosa, fuerte, creativa.
¿Lo que hacen los monos es imposible para los hombres? Proba­blemente no, siempre y cuando los varones asuman la tarea transformadora con su energía mítica de guerreros. Estos guerreros no van a ningún campo de batalla exterior, no van a matar, a destruir ciudades y vidas, en nombre de su dios, del petróleo o de una cínica versión de lo que llaman "paz". El Guerrero interior, mítico, de cada varón afronta otra odi­sea. Un místico hindú lo definió de esta manera: "Ha­brá numerosos enemigos internos, pero no habrá que matar­los ni destruirlos; tienen que ser transformados, tienen que ser convertidos en amigos. La rabia tiene que ser transforma­da en compasión, el deseo en amor y así con todo. Por eso no es una guerra, pero un hombre necesita ser un guerrero."

Cambiar Conductas
¿Qué son conductas? La respuesta a esta pregunta puede abrir un abanico sorprendente. Veamos cuándo y cómo, de qué maneras reales y accesibles, un hombre cambia una conducta y, por lo tanto, ayuda a la transformación de otros hombres:

* Un hombre que tiene prioridad y tiempo para atender a sus hijos, para preguntarles y escuchar, para compartir experien­cias con ellos, que participa activamente de la crianza de esos hijos, aunque eso signifique postergar un ascenso profesional o resignar un ingreso, cambia de conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que, en cualquier actividad (ya fuere comercial, política, deportiva, militar, económica, organizacional, investigativa, científica, tecnológica, cultural o sanitaria) se niega a cum­plir órdenes o mandatos inmorales, fuera de ética, corruptos, que dañen a otros, a cualquier ser vivo o al medio ambiente, aunque esa negativa tenga consecuencias económicas o curriculares, cam­bia una conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que reconoce cuándo no puede, o cuándo no sa­be o cuándo, ha sido vencido en buena ley, así fuere en los nego­cios, como en el deporte, en el amor o en la política, y que no prepara su revancha como primer objetivo, cambia una con­ducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que actúa en política y no vende sus sueños, sus utopías o su proyecto para un bien común, aunque eso signifi­que tener menos poder, cambia una conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que pueda escuchar a la mujer sin interrumpir y sin verse obligado a dar respuestas y soluciones, un hombre que se atreve a mostrar a su mujer sus capacidades e incapacidades, su inteligencia y su estupidez, su fuerza y sus flaquezas, su capacidad sanadora y sus heridas, cambia una conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que acompaña el crecimiento de sus hijos y les transmite confianza y admiración, sin desvalorizarlos cuando ellos se equivocan en la búsqueda, o no se amoldan a las expectativas de él, que incluso los autoriza a equivocarse, que los guía con límites firmes y afectuosos, y que garantiza con actos, el carácter incondicional de su amor, cambia una conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que se autoriza a cambiar su vocación cuando una voz interior se lo pide, que se permite ganar menos y disfrutar más, que puede verse desnudo, sin el traje de su oficio y pro­fesión, y disfruta de lo que ve, que no posterga sus prioridades es­pirituales y emocionales en nombre de la exigencia productiva, cambia su conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que se preocupa por su salud y le da un espacio no marginal en su espectro de ocupaciones, para que de ese mo­do no sean otros (su familia, la sociedad) los que tengan que cargar con las consecuencias, cambia una conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que se niega a ser manipulado por quienes le ge­neran falsas necesidades, lo incitan a la competencia fatua, o pretenden seducirlo con ilusiones de poder o identidad, y se nie­ga a rendirse ante el consumismo obsceno, descarado, depreda­dor y contaminador de la sociedad contemporánea, cambia una conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que abre espacio en su vida para las exploracio­nes, las preguntas, las búsquedas y las experiencias espirituales, cambia una conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que aprende a jugar para divertirse y confraternizar, para intercambiar el estimulante sudor del esfuerzo com­partido, que deja de hacer de cada juego (fútbol, tenis, básquet, hockey, etcétera) un campo de batalla, cambia una conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que compite para superarse en primer lugar a sí mismo, antes que para batir, imponerse o humillar a otro, cam­bia una conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que hace de otro hombre su confidente espiri­tual y su apoyo emocional, que aprende a escuchar el corazón de otro varón sin cuestionarlo, sólo recibiéndolo, y que aprende a abrir el suyo y a depositarlo en las manos de otro varón, cam­bia una conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que puede poner límites sin ser violento, un hombre que (ante su mujer, sus hijos, sus amigos, sus hermanos, sus subordinados, sus superiores o ante los desconocidos) puede ser firme y suave, claro y confiable, emprendedor y receptivo, cambia una conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

* Un hombre que vive de acuerdo con los valores que predica en lugar de predicar valores que no ejerce, un hombre que tra­duce su amor en hechos concretos de amor, su honestidad en he­chos concretos de honestidad, su sinceridad en hechos concretos de sinceridad, su austeridad en hechos concretos de austeridad, su compasión en hechos concretos de compasión, su solidaridad en hechos concretos de solidaridad, su aceptación en hechos con­cretos de aceptación, cambia una conducta y ayuda a cambiar a otros hombres.

Las Voces del silencio
Es importante valorizar a esa minoría silenciosa de varones que conservan o cultivan en sí los hábitos más fértiles, nutricios y trascendentes de la hombría y que procuran un mundo diferente, mejor, compasivo, soli­dario, cooperativo, diverso y fecundo, y lo hacen con coraje verdadero, con empatía, con constancia, con compromiso, con pasión y compasión, sin vergüenza ni arrepentimiento por su condición de varones. Esos hombres son pocos, pero existen, son profundamente y auténticamente masculinos, son padres, son maridos, son amantes, trabajan, persisten en un universo político putrefacto que procura expulsarlos o callarlos una y otra vez, asoman a veces en el campo ética­mente corrupto de los grandes negocios, intentan limpiar con sus actos las entrañas fétidas del deporte profesionaliza­do a ultranza, se oponen a la voracidad de las corporaciones, van en son de paz a los campos de batalla (esos campos a donde otros hombres, verdaderos cobardes de traje, corbata y discursos que jamás empuñan un arma, mandan a otros varones a matar primero y a morir después).

¿Representan esos pocos varones una esperanza? ¿Son apenas un error? ¿Sobrevivirán? ¿Auguran la posibilidad de otro paradigma masculino? ¿Son concientes de lo que enuncian? Esta serie de interrogantes podría converger en uno solo, el siguiente: ¿es posible transformar el paradigma masculino, instaurar en su lugar un modelo de hombría soste­nido en la fuerza del amor, en el coraje del espíritu y en la bra­vura de la compasión?

Creo, en cambio, que el paradigma masculino actual es una deformación dolorosa y dañina, la metástasis de la intolerancia, un modelo de pensamiento y de acción a contrapelo del propósito esencial de la vida, que es el de perpetuarse a sí misma preñada de trascendencia y significado. Los pocos, silenciosos e ignotos hombres que atraviesan la experiencia de una masculinidad vital, son emergentes de otro paradigma: ellos anuncian, sin pretenderse profetas, la existencia del mismo. No representan un movimiento, no han desarro­llado lemas ni consignas, no siguen políticas conjuntas (sal­vo aislados grupos). No arrastran a la sociedad ni, mucho menos, a masas de varones detrás de sí. Viven sus vidas, crean vínculos diferentes, exploran caminos distintos, pro­curan darle a sus existencias un sentido emocional, espiri­tual, afectivo profundo. A menudo lo hacen solos, sin cono­cerse, simplemente honrando sus vidas y vínculos cotidia­nos. Tratan, aunque no lo declamen, de que su paso por la vida deje una huella fecunda, una simple y pequeña huella fecunda. Observados en el conjunto, muchas veces estos hombres parecen anómalos, sapos de otro pozo, patitos feos. Todos sabemos cómo terminaba el cuento de Andersen: el patito era un cisne bello y majestuoso. Sólo por eso los patos, ignorantes, se burlaban de él, lo despreciaban y no lo incluían en la comunidad de los patos… problema de ellos.


Extraído de “La masculinidad tóxica” Ediciones B

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